Las Carreritas

DE UN JUEGO A UN CLUB SOCIAL

Lo que partió como un simple juego de niños con bolitas, con el correr del tiempo se convirtió en un discreto club social, cuyos integrantes se reúnen sagradamente cada semana y lo han venido haciendo desde hace muchísimos años. El creador de lo que a esta altura es una verdadera tradición, es Nicanor Señoret, un apasionado por la hípica y un importante personaje dentro del quehacer del Valparaíso Sporting. Los miembros actuales, sin embargo, recalcan que todo es una creación colectiva.

Corría el año 1923, cuando  Nicanor Señoret observó a sus sobrinos Olegario y Alberto Reyes Señoret jugar con unas bolitas. Fue el motivo perfecto para inspirarse en lo que más tarde se convertiría en un entretenido juego que simulaba lo que son las carreras hípicas en un hipódromo.

Era algo sin duda muy entretenido y que comenzó a despertar un gran interés. Tiempo después, Octavio Señoret, hermano de Nicanor, trajo desde Europa unos caballos de plomo, el elemento perfecto para que esta actividad fuera adquiriendo un mayor protagonismo y perfección.

Mauricio Vallejo tuvo un importante rol dentro de lo que fue la evolución del este. Ello porque logró fabricar el molde a partir de los caballos aportados por Octavio Señoret. De acá nació la mayor parte de los ejemplares que siguen dando vida a la hípica plúmbica actual.

Se hizo necesario también incluir un reglamento que permitiera regular el juego. Fue así como se fueron describiendo las normativas que comenzaron a regir la dinámica de este, siendo para quienes participaban de esta actividad algo nada sencillo de entender.

Don Nicanor era un hombre de carácter. Siendo propietario del caballo Falso Dios (The Panther y Fiesta-1923) decidió tenerlo también en plomo. En su versión de carne y hueso, Falso Dios participó en los grandes clásicos de la hípica chilena, obteniendo varias victorias. Una tarde, enfurecido por una mala performance del falso Falso Dios, lo lanzó violentamente contra la pared resultando el animal quebrado de una pata. Arrepentido Don Nicanor le pidió perdón al animal y luego lo mandó a reparar donde un joyero que sabía mucho de veterinaria plúmbica. Pero todo

ero todos los esfuerzos resultaron inútiles. El caballito sólo sirvió de adorno tras una vitrina, pues ya estaba estipulado que no se podía competir en las carreritas con ejemplares quebrados, regla que se mantiene hasta hoy.

Otros de los avances que se implementó con los años fue  la perfección de la mesa sobre la cual se jugaba. A ello se sumó la incorporación de dados, así como también se debió invertir en un molde que permitiera fundir los caballos. 

Poco a poco se fueron imponiendo nuevas reglas como, por ejemplo, las inscripciones de los caballos para cada carrera y la manera en cómo se anotaban los  resultados de estas, las que se comenzaron a registrar en un libro especial. En la columna del propietario se colocaba las primeras letras del nombre y del apellido de cada dueño. 

Muy pronto los socios adquirieron la costumbre de dirigirse entre ellos por las iniciales. Esta práctica, que aún se conserva, la usaban fuera del club, en la vida social, pasando a ser un código que los identificaba.

El club entró en un breve receso a fines de la década del 50, siendo rescatado por la siguiente generación hacia la década del 70.

Desde el 2012, se empieza a tener un reglamento escrito en base a la compilación de toda la normativa que se fue creando en el tiempo y que la tradición oral mantuvo viva.

Hoy más que un juego, las carreras se han convertido en un espacio para compartir vivencias, hacer amistad y seguir disfrutando de aquello que se llama “pasión hípica”.

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